domingo, febrero 18, 2018

Lovecraft. Una biografía, de L. Sprague de Camp


En la página 668 de mi edición de bolsillo de esta voluminosa y magnífica biografía se incluye una carta de Lovecraft de 1931 en la que anuncia su retirada de la escritura; son tres párrafos contundentes que reflejan el habitual estado de ánimo de quien sufre abundantes rechazos o no ha logrado publicar más de uno o dos libros. En esa carta dice lo siguiente:

Creo honradamente que dejaré de escribir por completo… o, al menos, de intentar otra cosa que no sea tomar ocasionalmente algunas notas para mi propio cultivo. No tengo demanda ninguna de trabajo serio en el horror. Me confirma esta situación la amable devolución de mi material que acaban de hacerme los de Putman, que fueron quienes me pidieron verlo.

Me siento tan descontento de toda la producción mía que casi estoy decidido a no escribir nada más. En ningún caso he llegado a reflejar cabalmente el talante o la imagen que yo deseaba plasmar, y cuando uno no ha hecho eso a los 41 años, no tiene mucho sentido malgastar el tiempo en nuevos intentos…

Lo voy a pasar muy mal para colocar mi relato de la Antártida… En efecto, los rechazos son tan numerosos últimamente que pienso dejar de escribir durante un tiempo, y dedicarme a la revisión.

Esta página es uno de numerosos motivos para leer esta biografía y para adentrarse en la vida de un hombre tan excéntrico como Howard Philips Lovecraft: complejo, contradictorio, repleto de manías y de ideas peligrosas (el biógrafo nos proporciona suficientes muestras de su racismo, su xenofobia y sus simpatías por el nazismo, aspectos que, por fortuna, fue variando y suavizando con los años… hasta el punto de retractarse de muchas de las brutalidades que había escrito en su correspondencia, aunque no así en sus relaciones públicas, pues todos los que le conocieron lo tacharon de hombre amable, educado, correcto y nada fascista). Es uno de esos casos en los que uno debe hacer un esfuerzo para separar la obra del artista. Porque, aunque Lovecraft ha gozado de temporadas en las que se le consideraba un mal escritor y temporadas de reivindicación, lo cierto es que sus relatos, sus personajes, sus frases no tienen parangón. Hasta ahora he leído pocas narraciones suyas porque demasiadas personas se encargaron de vendérnoslo como farragoso, complicado y aburrido: nada de ello es cierto, y basta con leerse Reanimator o El caso de Charles Dexter Ward para comprobar su grandeza.

Mi edición tiene unas 1.000 páginas, de las cuales ciento y pico están destinadas a las notas, los apéndices y los índices de obras publicadas. Pero en ningún momento la lectura se vuelve pesada. Si os gusta un poco Lovecraft, sus relaciones con otros escritores y el germen de las pesadillas literarias que alumbró, no deberíais perdérosla. Un fragmento:

Aunque Lovecraft, durante sus últimos años, dio muestras de lamentar considerablemente este fracaso, creo que debió de convencerse de que era mejor fracasar aferrándose a su particular código de caballero que triunfar por medio de actos mercantiles de autosuperación. Cuando fracasaba, culpaba de su fracaso, no a su código poco práctico, sino a los defectos de su obra. Entre su código y su talento literario, lo más precioso para él era lo primero, ya que le daba la sensación de pertenecer a una clase superior de seres. Así que, como observó Derleth, no se le podía discutir ni disuadir de su convicción cada vez más firme de que su obra carecía de valor. Admitir que su obra era realmente buena habría significado admitir que el código según el cual habría vivido desde su niñez era un espantoso error.


[Valdemar. Traducción de Francisco Torres Oliver]