viernes, diciembre 15, 2017

George Lucas. Una vida, de Brian Jay Jones


El espectador medio a menudo olvida que George Lucas no sólo es el creador de la saga de Star Wars, sino que él estuvo detrás de Willow, Mishima, Indiana Jones, American Graffiti, Tucker, Dentro del laberinto o Kagemusha, además de contribuir (aunque su nombre no quedara acreditado) a que se hicieran realidad Fuego en el cuerpo y Apocalypse Now, datos éstos últimos que nos desvela el autor de esta biografía y que yo ignoraba. Su contribución al cine es inmensa, ayudando con sus empresas de sonido y de efectos visuales a un montón de cineastas, sacando del atolladero a artistas del calibre de Akira Kurosawa y ofreciéndole a Spielberg uno de los mejores personajes de la historia. Y no digamos su influencia, gracias a La guerra de las galaxias y sus dos primeras secuelas, en tantos directores actuales (aunque también es el culpable de inventarse a los ewoks y a Jar Jar Binks).

El problema es que Lucas siempre ha sido un hombre un tanto esquivo, a veces atrapado en contradicciones sobre la gestación de su saga (como también revela Brian Jay Jones), un hombre que ha creado uno de los más grandes imperios del planeta, ahora en manos de Disney, y que ha hecho caja con un merchandising interminable del que yo he participado como comprador desde 1977. Esto es lo que no le perdona el público: creen que es un tipo avaricioso, un Tío Gilito que no deja de amasar monedas. Pero la realidad no es exactamente así, y esto es una de las cosas que más me han gustado de esta biografía: que, si Lucas es de esta manera (obsesionado con el control, creador infatigable de mundos y de marcas, con su sello impreso o grabado en cada producto que vende), es por unas causas concretas. Porque en sus primeros años le putearon mucho con los presupuestos, porque le pusieron demasiadas zancadillas, porque esos productores que no sabían nada de cine manipularon los montajes de sus primeras obras, porque durante años se vio asfixiado por la falta de dinero y de auxilio para rodar sus películas, porque acabó tan harto que un día se dijo que tendría siempre el control de sus productos, y eso significaba que él mismo supervisaría el montaje, contrataría a su gente, se haría cargo de los juguetes e incluso financiaría él mismo los proyectos (los suyos y los ajenos) para no tener que verse ofendido y manipulado por otros. Ese sistema le iba sirviendo no para cobijar fortuna en un banco, sino para emplear los beneficios en nuevos proyectos: en rodar nuevas películas pagadas de su bolsillo, en crear el Skywalker Ranch a donde muchos cineastas acuden a trabajar en condiciones excepcionales de comodidad, en promover Lucasfilm y el sonido THX, etcétera.

Como Coppola (durante toda la vida han sido amigos y rivales, y se han querido tanto como se han peleado), Lucas ha sido un tipo que lo apostaba todo a un proyecto. La diferencia es que a Coppola le salió mal y por eso ha sido un hombre arruinado y a Lucas le salió bien y es un hombre millonario, sobre todo porque al parecer el primero siempre fue derrochador y el segundo más ahorrador, con más miramientos sobre cómo gastar el dinero obtenido. Un ejemplo sencillo: con los beneficios de una película, Coppola se gastaba la pasta en propiedades y en lujos; Lucas, en cambio, destinaba una parte a financiarse más películas. Aunque luego es cierto que Coppola es más artista o más artesano que Lucas, o al menos ésa es mi opinión.

Brian Jay Jones ha escrito una biografía que el lector devora, aún más si es cinéfilo y fanático de las películas de Spielberg, Coppola, De Palma o Lucas, pues de todos ellos se habla porque, junto a Scorsese, siempre han formado un grupo de colegas y rivales. A mí me ha servido para conocer detalles que no sabía, como que Apocalypse Now era, en principio, un proyecto de George Lucas y de John Milius, y que a Coppola le llegó casi de rebote. O que el espíritu festivo, entusiasta, optimista y de entretenimiento de La guerra de las galaxias proviene de cómo su creador veía Estados Unidos en aquel momento… un momento que necesitaba una inyección de fantasía, de evasiones y de espectáculo para que el espectador se olvidara de tantas malas noticias.

En los fragmentos que he copiado doy una idea aproximada, con ejemplos, de todo lo anterior:

Aun así, necesitaba el dinero [después de THX 1138, mientras trataba de sacar adelante su nuevo proyecto]. Habló de ello con Marcia, quien lo animó a seguir luchando por American Graffiti. Si al final la vendía no podía pillarle en mitad del proyecto de otro. Lucas rechazó todas las ofertas, pero no fue fácil. "Fue un período muy oscuro en mi vida", explicaría más tarde. "Estábamos pasando serios apuros. […] Rechacé [Fría como un diamante] en mi momento más negro, cuando debía dinero a mis padres, a Francis Coppola, a mi agente; estaba tan endeudado que pensé que nunca saldría de esa". Tardó años en "pasar de la primera película a la segunda, aporreando puertas, suplicando que me dieran una oportunidad –recordaba–. Escribiendo y pasando apuros, sin dinero en el banco… haciendo trabajos sueltos, ganándome a duras penas la vida. Intentando sobrevivir y moviendo un guion que nadie quería".

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Ningún otro proyecto haría sufrir tanto a George como La guerra de las galaxias. Durante casi tres años daría vueltas a tramas y personajes, estudiando a fondo novelas de ciencia ficción, folclore, cómics y películas para inspirarse. Se pelearía con borrador tras borrador, escribiendo y reescribiendo, rescatando escenas y subtramas que le gustaban de borradores anteriores, dando vueltas a la grafía de los nombres de los planetas y los personajes, e intentando dar sentido a un guion cada vez más extenso que empezaba a írsele de las manos. Y una y otra vez, dejaría a sus amigos y a los ejecutivos perplejos con la historia y escépticos ante la idea de que pudiera plasmar algo de todo eso en celuloide.
Lucas se tomaba el guion de La guerra de las galaxias como un empleo a tiempo completo, subiendo pesadamente las escaleras hasta su cuarto de escritura todas las mañanas a las nueve, donde se dejaba caer despacio en su silla ante su escritorio de madera y miraba una hoja en blanco durante horas, esperando que llegaran las palabras.

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"Escribiendo te vuelves loco –diría años después–. Te vuelves psicótico. Te pones en tal estado mental y recorres caminos tan raros con la mente que es un milagro que todos los escritores no acaben internados en alguna parte".

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Y la inspiración, al parecer, podía llegar de cualquier parte. Una tarde vio a Marcia alejarse en coche con el perro –un enorme malamute de Alaska llamado Indiana– tranquilamente sentado en el asiento de al lado, rozando con la cabeza el techo, y pensó que el perro, del tamaño de una persona, parecía el copiloto, una imagen que con el tiempo derivaría en Chewbacca, el copiloto del Halcón Milenario. Otro personaje importante encontró su nombre a raíz de un comentario suelto que hizo Walter Murch mientras montaba American Graffiti con Lucas. Entre los dos habían inventado su propio sistema para ordenar las hileras de rollos y los kilómetros de celuloide, asignando un número de identificación a cada rollo, pista de diálogo y banda sonora. Durante una sesión a altas horas de la noche, Murch le pidió a Lucas el Rollo 2, Diálogo 2, pero lo acortó diciendo R2-D2. A Lucas le encantó cómo sonó –siempre sería importante para él la sonoridad de los nombres– y después de pasarle a Murch la lata lo apuntó rápidamente en su cuaderno.

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Con el Watergate y Vietnam todavía en los informativos de la noche y en todas las portadas, el mundo real ya parecía suficientemente iracundo. "Pensé [lo dice George Lucas]: 'Todos sabemos que hemos convertido el mundo en un verdadero desastre. También sabemos, como nos recuerda cada película hecha en los últimos diez años, lo malos que somos, cómo hemos arruinado el mundo, lo imbéciles que podemos llegar a ser y lo podrido que está todo'. Y me dije: 'Lo que realmente necesitamos es algo más positivo'."
En su opinión, La guerra de las galaxias hacía un llamamiento diferente e incluso más elevado. "Comprendí que había otros ámbitos relevantes que son aún más importantes: los sueños y las fantasías, convencer a los niños de que hay algo más en la vida que basura, matanzas y cosas tan reales como robar tapacubos, que todavía podíamos sentarnos y soñar con tierras exóticas y criaturas curiosas –explicaría en una entrevista para Film Quarterly en 1977–. En cuanto me sumergí en La guerra de las galaxias me sorprendió que hubiéramos perdido todo eso; toda una generación ha crecido sin cuentos de hadas. Ya no los encuentras, y son lo mejor del mundo, las aventuras en tierras lejanas. Son pura diversión".  
     
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De hecho, las políticas que había adoptado en su compañía eran lo bastante favorables a la familia para que en 1994 la revista Working Mother lo nombrara "Family Champion", título otorgado a los directivos que promovían un entorno laboral propicio a las necesidades de las madres y los padres trabajadores. La misma revista había mencionado a Lucasfilm entre las mejores compañías para las madres trabajadoras, señalando las dos guarderías que había en el rancho, el horario flexible y las políticas progresistas que proporcionaban a los empleados la baja remunerada para atender a miembros de la familia enfermos, así como cobertura de seguro para las parejas y sus dependientes. "Hemos descubierto que la calidad de vida es un logro mucho mayor que un sueldo alto –afirmó Lucas–. [Estamos haciendo] solo lo que se debe".

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"Nunca he sido un tipo al que le mueva el dinero –dijo para Businessweek–. Me mueve más el cine, y la mayor parte del dinero que hice con él lo utilicé para intentar mantener el control creativo sobre mis películas".


[Reservoir Books. Traducción de Aurora Echevarría] 

The 15:17 To Paris: trailer


Ocean's 8: primer cartel


Próximamente: Memorial Device


De David Keenan. En Sexto Piso.

Ready Player One: nuevo trailer


Cartel de The Clapper


Annihilation: 2 trailers


Cartel de Abe & Phil's Last Poker Game


lunes, diciembre 11, 2017

En Playtime / El Plural: Clive Barker



Hellraiser. El corazón condenado: aquí.

Shot Caller: 2 carteles



Hellraiser. El corazón condenado, de Clive Barker


¿Por qué entonces se sentía tan angustiado al posar la vista en ellos? ¿Era por las cicatrices que les cubrían cada centímetro del cuerpo; por la carne estéticamente perforada, rebanada e infibulada y luego empolvada con ceniza? ¿Era por el olor a vainilla que exhalaban, esa dulzura que a duras penas disimulaba el hedor que cubría?
¿O era porque, al aumentar la luz, los estudió con más detenimiento y no vio nada de alegría, de humanidad siquiera, en sus rostros mutilados, sino sólo desesperación y un apetito que le provocó unas ganas irrefrenables de vaciar los intestinos?

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Donde dos minutos antes sólo había un espacio vacío, ahora había una figura. Era el cuarto cenobita, el que no había hablado ni mostrado su rostro. No era él, podía ver ahora, sino ella. Se había quitado la capucha que llevaba, así como la ropa. La mujer que había debajo era gris pero radiante; tenía los labios ensangrentados y las piernas abiertas, dejando al descubierto el pubis elaboradamente escarificado. Estaba sentada sobre una pila de cabezas humanas en descomposición y le daba la bienvenida con una sonrisa.

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Todas las cosas se cansan con el tiempo y comienzan a buscar algún oponente que las salve de sí mismas.

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¿Cómo llegó a conocer la existencia de la caja de Lemarchand? No se acordaba. Tal vez en un bar; en los bajos fondos, de labios de un compañero de desgracias. En ese tiempo no era más que un rumor… este sueño de una cúpula del placer donde aquellos que habían agotado la satisfacción trivial de la condición humana podrían descubrir una nueva definición de goce. ¿Y la ruta hasta ese paraíso? Había varias, le dijeron: mapas de la interfaz entre lo real y lo más real todavía, dibujados por viajeros cuyos huesos se habían convertido en polvo hacía mucho tiempo. 


[Hermida Editores. Traducción de Juan Carlos Postigo Ríos]

Cartel de 7 Days in Entebbe


sábado, diciembre 09, 2017

Próximamente: El atlas



De William T. Vollmann. En Pálido Fuego.

Cartel de Lean on Pete


La coronación de las plantas, de Diego S. Lombardi


Debíamos seguir el camino de tierra, vadear el río y continuar hasta donde la huella se pierde, donde antes había un cartel que señalizaba el sendero y donde ahora no quedaba más que el poste. Teníamos las vagas referencias de pasar una lomada, una higuera, datos proporcionados por un anciano con quien nos topamos a escasos pasos de la iglesia; había indicado la dirección a seguir frunciendo los labios, acompañando el gesto con un seco movimiento de la cabeza. El sol de la tarde hacía sentir su calor con una intensidad inusitada para la primavera. Nos detuvimos en una explanada a estudiar las posibilidades, pues ninguno de aquellos senderos ocultos por la maleza se ofrecía más importante que otro; a primera vista parecían no tener el mismo destino. Saqué de la mochila una botella, di unos sorbos y se la pasé a Paula. Antes de guardarla eché un poco de agua sobre mi coronilla. Y entonces lo vi, casi junto a nosotros. El Guriburi. Así lo bautizamos luego.

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Al principio me había limitado a hojearlo, pero, poco a poco, aquel libro comenzó a depredar mi interés. El extenso manuscrito estaba encuadernado en cuero y se dividía en tres secciones escritas en castellano, diferenciándose una de otra por una carátula que, encuadrada en un sencillo tramado decorativo en tinta roja y negra, poseía la misma inscripción: "Herbolario del Lobo Liver I (II o III, según el caso)". Había una cuarta parte, no menos importante en extensión, escrita en alemán y atiborrada de diversas citas en castellano, que parecía ser una exégesis de los libros mencionados anteriormente y se titulaba "Notizen zur Bosheit der Pflanzen".

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El herbario contenía una descripción detallada de setenta y dos especies de plantas que, por su ecléctica variedad, no se limitaba a una región geográfica definida. Abarcaba, además, un sinnúmero de encantamientos para fines y usos de toda índole. El hecho de poseer una receta para mantener alejados a los agentes de la inquisición evidenciaba su antigüedad, no obstante, luego de un estudio exhaustivo, estuve seguro de que aquel texto no resultaba una mera copia, sino la reforma de una obra mucho más antigua.
El herbario carecía de criterios para catalogar las especies, dejando al margen cualquier clasificación basada en los órganos de reproducción o fructificación, restringiéndose a describir la apariencia general de la planta, sus flores, su olor, color, tamaño de las hojas y otras características similares.


[Jekyll & Jill]

I, Tonya: 2 carteles



Hostiles: 2º cartel


jueves, diciembre 07, 2017

William H. Gass (1924 - 2017)


miércoles, diciembre 06, 2017

martes, diciembre 05, 2017

Indian Creek. Un invierno a solas en la naturaleza salvaje, de Pete Fromm


Libro de culto en Estados Unidos, escrito por Pete Fromm en los 90, Indian Creek es la crónica de un joven que aceptó un trabajo de unos ocho meses en un paraje en el que las temperaturas alcanzarían los 40º bajo cero en invierno, viviendo solo en una tienda en la confluencia entre dos arroyos. Lo cuenta el propio autor en las primeras páginas:

Desde mediados de octubre hasta mediados de junio, sería responsable de dos millones y medio de huevas de salmón implantadas en un canal entre dos arroyos. La carretera más cercana se encontraba a sesenta y cinco kilómetros de distancia; la persona más cercana, a ciento quince. Si me interesaba, concluyó, sólo podía darme dos semanas para prepararme.
Cada vez prestaba menos atención a lo que me decía. Todo me parecía perfecto. Al fin iba a descubrir en qué consistía la vida de un hombre de las montañas. ¿Fantasía o realidad? ¿Infierno o gloriosa libertad? Independientemente de lo que descubriera, estaba seguro de que acabaría con algo que contar, con una historia propia.

Es importante señalar que Pete Fromm, al igual que hicieron Cheryl Strayed y Chris McCandless (véanse Alma salvaje y Hacia rutas salvajes, respectivamente), no contaba con demasiados conocimientos sobre la supervivencia en los bosques. Esta falta de preparación desemboca en tropiezos, errores y extravíos que, al final, resultan ser lo más interesante del libro. Porque, con los tres nombres citados, nombres de personas reales (Strayed, Fromm, McCandless), el lector habitual de ciudad se pone en sus pellejos: tenemos empatía hacia ellos porque a nosotros, probablemente, nos habría pasado lo mismo.

Indian Creek es una crónica sobre la supervivencia, pero también sobre la soledad. De cómo un hombre se desespera y está a punto de volverse loco porque sólo puede compartir las 24 horas del día con un perro pequeño y con los cazadores que, ocasionalmente, se acercan por la zona. Durante unos días regresa a la civilización para asistir a la boda de un amigo, pero ya nada es lo mismo: aunque necesitaba salir de la soledad, en cuanto regresa a la ciudad y a juntarse con las personas, lo único que quiere es volver a la zona forestal. Quien lea Indian Creek pensando que va a encontrar una especie de Thoreau, con reflexiones sobre la naturaleza, es muy posible que salga decepcionado. Repito que Fromm escribió un libro sobre supervivencia y sobre cómo vivir en las montañas nos hace pagar un precio alto (soledad, hambre, frío, amenaza de animales salvajes, desorientación cuando uno se aleja de los caminos…). Pero no debería ser incompatible la lectura de uno y otro. A mí, por cierto, me gustan ambos.


[Errata Naturae. Traducción de Carmen Torres García]

Phantom Thread: nuevo cartel


Trailer de Small Town Crime


Cartel de Drawing Home


viernes, diciembre 01, 2017

Los mutilados, de Hermann Ungar


Una de las novedades editoriales del otoño es la Narrativa completa de Hermann Ungar. Su aparición me hizo recordar que tenía por casa, bajo alguna de las pilas de lecturas pendientes, esta novela breve del autor, en una edición que probablemente ya no se encuentra y que compré hace años. Los mutilados es una novela de unas 200 páginas. Es un libro impactante, que fascina ya en sus primeras líneas, cuando nos adentramos en la historia de Franz Polzer, un empleado de banca rendido a las rutinas, misántropo y temeroso casi de cualquier contacto, como una especie de Bartleby de la vida. Poco a poco, el autor nos va desgranando la personalidad de Polzer con apuntes que dibujan su retrato: Pozer era incapaz de desprenderse voluntariamente de sus cosas. / Polzer sabía que no era dueño de ningún tesoro. / En sus muchos años de empleado, Franz Polzer nunca había estado en la calle a media mañana más que el domingo. / Franz Polzer nunca se sintió unido a su padre. / Después del entierro, Franz Polzer dijo a su tía que él no quería ninguno de los bienes de su padre.

Pero hay otros personajes: su amigo Karl Fanta, al que una enfermedad va aniquilando despacio, mientras le amputan miembros y se va convirtiendo en una especie de vegetal lleno de rabia y amargura; la viuda Frau Porges, la mujer que acosa a Polzer, el único huésped de su casa; Sonntag, un enfermero que antes fue matarife; Dora, la abnegada mujer de Fanta... Todos ellos van componiendo un retrato de las neurosis y de los sentimientos que acaban desembocando en tragedia. Los mutilados es, desde ya, uno de mis libros favoritos. Una pena no haberlo leído antes.

Unos extractos:

Algo se prepara, pensaba Polzer.
Algo esperaba en la oscuridad. Todo aquello debía terminar. Algo esperaba en el rincón. Quizá un asesino con un hacha. Uno no puede conocer la casa en la que habita.

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Empezó a ocurrir lo que temía Franz Polzer. La puerta estaba abierta. Una vez perturbado el orden, el caos era inevitable. Se había producido la brecha por la que irrumpía lo imprevisto, esparciendo el miedo.
El mutilado ocupaba ahora la habitación de las fundas blancas. Por la noche se le oía gemir. Le dolían las heridas. El pus le roía la carne, y las pesadillas le atormentaban. Polzer escuchaba. En la casa estaba la muerte, esperando.

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-¡Qué horror! –dijo Karl–. ¡Y qué horrible!
-La hermosura, Herr Fanta –respondió el enfermero–, no es cualidad apreciable en los cadáveres.


[BlackList. Traducción de Ana María de la Fuente]

Banner de Loveless


All the Money in the World: 4 carteles